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¿Qué es un ACV?

Un accidente cerebrovascular (ACV, ictus, derrame) ocurre cuando el flujo de sangre a una región del cerebro se interrumpe. En esa fracción de segundo en que la sangre deja de llegar, el reloj empieza a correr. Las neuronas de esa zona necesitan oxígeno y glucosa de forma constante. A diferencia del músculo cardíaco, el tejido cerebral comienza a deteriorarse en segundos.

Existen dos tipos fundamentales. El isquémico es el más frecuente (representa alrededor del 85% de los casos) y ocurre cuando un coágulo o una placa de ateroma obstruye una arteria que irriga el cerebro. El hemorrágico es menos frecuente pero habitualmente más grave: una arteria se rompe y la sangre se derrama directamente sobre el tejido cerebral, comprimiéndolo. La diferencia importa porque el tratamiento de uno puede ser peligroso en el otro.

Lo que tienen en común es que ambos producen lo que se llama penumbra isquémica: una zona de tejido alrededor del daño central que no está muerta todavía, pero está en riesgo. Es tejido que podría recuperarse si el flujo se restaura a tiempo, o que se sumará al área dañada si no. Esa penumbra es la razón por la que los primeros minutos y horas definen tanto el desenlace.

La ventana terapéutica existe por la penumbra

En el ACV isquémico, el trombolítico intravenoso (alteplasa) puede administrarse hasta 4,5 horas desde el inicio de los síntomas en pacientes elegibles. La trombectomía mecánica puede realizarse hasta 24 horas en casos seleccionados. Estas ventanas reflejan cuánto tiempo puede mantenerse viva la penumbra.

Esta información es educativa y no reemplaza la consulta con tu médico.